No podemos entender el cristianismo, ni el mundo, sin reconocer que nuestro pecado nos separa de Dios (Isaías 59:2). Pero la buena noticia es que Jesucristo tomó nuestro castigo sobre sí mismo mediante Su muerte expiatoria, haciendo posible una relación correcta con Dios (2 Corintios 5:21).
Muchos creen que esto es verdad, pero dejan que su culpa les impida buscar a Dios en oración. Estoy convencido de que, en lugar de obstaculizar nuestras oraciones, nuestra culpa debería impulsarnos a la oración. Después de todo, tenemos un gran Sumo Sacerdote con misericordia y gracia para nuestros momentos de necesidad (Hebreos 4:15–16).
¿Cómo deberíamos orar cuando estamos abrumados por el pecado? Dios, en Su misericordia, nos ha dado lo que se conoce como los siete Salmos penitenciales para darnos palabras en esos momentos.
Martín Lutero los llamó «Los Salmos Paulinos» por su mensaje de gracia aparte de las obras. Agustín lloró sobre ellos en su lecho de muerte. Él quería encontrarse con Dios no como obispo ni como teólogo famoso, sino como un hombre santificado y arrepentido.
Que Dios use estos salmos para profundizar tu contrición por el pecado y elevar tus ojos con fe hacia nuestro Dios de misericordia y gracia.
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